Archivo de la categoría: Libros

The F*ck!% New J$ur”&$ism

Ya había hecho una entrada en este blog sobre el fenómeno de “El nuevo periodismo”, pero debo reconocer que carecía de profundidad, de algo que pudiera ser mínimamente rescatable para la blogósfera. Con el fin de enmendar dicho mamarracho, les dejo una crítica que (espero) esté mejor:

The F*ck!% New J$ur”&$ism

Treinta años después: El Nuevo Periodismo, estado de la cuestión (contraindicaciones: absténganse de leer literatos integristas)

El Nuevo Periodismo. WOLFE, Tom
Título original: The New Journalism
Traducción: José Luis Guarner
Anagrama. Barcelona, 1998
220 páginas
Primera edición: 1977

“El problema de Wolfe es que no tiene la más piiip idea de cómo escribir! ¡No es un escritor! ¡Abra uno de sus libros de piiip! ¡Intente leer una de sus piiiip palabras! ¡Son vomitivas! Ni siquiera escribe literatura, escribe…¡piiip! No escribe novelas, sino hipérboles periodísticas. ¡Sería imposible enseñar a ese piiip piiip a piiip a los alumnos de una piiip clase de primero de literatura inglesa, ¡piiip!”. El doctrinario novelista americano John Irving no puede asistir, al igual que la alta burguesía literaria de aquel entonces, con indiferencia a la profanación de la literatura por Tom Wolfe (Richmond, Estados Unidos, 1931). El malvado Mr. Wolfe -muy propenso a la provocación y la polémica, es cierto- junto a toda una jauría de gamberros, como Truman Capote, que tuvo la osadía de afirmar que A sangre fría inauguraba un nuevo género literario, o Gay Talese, con su perfil Sinatra tiene un resfriado, pasaban de formalismos y transgredían los límites marcados al periodismo acartonado de cara seria, empleando los recursos celosamente reservados en aquel entonces para la ficción.

Ahora bien, ¿de qué se trataba el movimiento conocido como el nuevo periodismo? Respuesta: de una serie de redactores-cronistas de sucesos que, espontáneamente y de manera simultánea, tomaron conciencia de que debían hacer algo para no perder la atención de los lectores. Y con las agallas necesarias (o inconciencia, quién sabe…) cogieron las riendas y comenzaron a tomar partido donde antes el profesional de la comunicación (que bien suena) trataba de pasar como un ser apático y neutral. Tuvieron la osadía de meterse en el pensamiento de los protagonistas de las noticias, intercambiando los puntos de vista a placer, jugando con la tensión de la trama, empleando el abanico de recursos literarios reservados en aquel momento solamente para la ficción. Cogían las historias reales y las contaban como si se tratara de relatos fantásticos. Sin embargo, para que todo esto fuera posible sin que se tratase de una estafa, era acompañado por un extenso trabajo de campo, pasando largas horas al lado de los protagonistas y en ocasiones estando presentes en el preciso momento en el que se producían los hechos.

Mr. Tom Wolfe

Mr. Tom Wolfe

Tom Wolfe recoge en El Nuevo periodismo una serie de reportajes reveladores, una antología integrada por un perfil revelador de Ava Gardner por Rex Reed (¿Duerme usted desnuda?), una crónica de Norman Mailer sobre incidentes en el Pentágono en los que él mismo se vio envuelto (Los ejércitos de la noche) y un aplastante relato lineal sobre el preestreno de una superproducción hollywoodiense de John Gregory Dunne (El Estudio), entre otras perlas.

No obstante, el diamante en bruto de mayor tamaño quizás sea el primer tercio del libro: un monólogo del mismo Wolfe en el que, avalado por su doctorado en literatura norteamericana, desarrolla concienzudamente su tesis sobre el fin de la novela, diseccionando analíticamente su evolución histórica, demostrando que en su caso el éxito en el dominio de las técnicas narrativas se debe a un profundo conocimiento de las mismas.

Una de las máximas del Nuevo Periodismo era que las reglas estaban para romperse. Y Robert Christgau (Nueva York, Estados Unidos, 1942) da cuenta de ello en la pieza Beth Ann y la macrobiótica (pág. 164 a 176). En 1965, con apenas 23 años, trabajaba como reportero para la agencia Dorf Feature Service. Una noche en la que él era el único en servicio, el Herald Tribune de Nueva York pidió un artículo sobre Beth Ann Simon, una chica que aparentemente había muerto de hambre por su fanática adhesión a una dieta macrobiótica.

Contando tan solo con los testimonios del padre y del esposo de Beth Ann, construyó un relato efectivo, un certero golpe donde duele. Haciendo de la falta virtud, ya que por razones obvias no pudo haber entrevistado a Beth Ann ni haber presenciado las escenas personalmente, elaboró un relato simple y efectivo, con una progresión lineal, una concatenación de los hechos hasta dar con el final como un inevitable desenlace natural.

La voz omnisciente neutral empleada, junto a la ausencia de diálogos, crean la sensación de pasar de puntillas por el texto, sin entrar en el pensamiento de los personajes. La hemingwayna crudeza de la intrascendencia del ser humano, la certeza de que el mundo, indiferente, continúa girando, y la aplastante metafísica cortazariana sobre la existencia como una alineación de casualidades se hace patente desde el comienzo y cobra sentido al final: “Charlie se sentó a la cabecera de la cama de su mujer. En el correo de aquella mañana había llegado otra carta de Ohsawa, en la que explicaba a Beth Ann que su interpretación de la dieta era completamente errónea y que tenía que volver a empezar desde el principio. Le recomendaba muy especialmente que evitase la sal. Pero ahora Charlie no podía hacer otra cosa que darle el zumo de zanahoria. Le levantó la cabeza y le hizo tragar una cucharada. Una gota de color naranja quedó en la comisura de los labios de Beth Ann.

—Es bueno —murmuró.

Luego su cabeza dio la vuelta en las manos de Charlie. Sus ojos se pusieron muy sanpaku, y expiró. Charlie seguía administrándole respiración boca a boca cuando la policía llegó media hora después.” (pág. 176).

El Nuevo periodismo no se quedó en el mero hecho de innovar empleando diversas técnicas narrativas a la hora de redactar un reportaje. Para Wolfe, la aportación a la entrevista-artículo “ha sido la de contestar con franqueza mayor que nunca la pregunta que suelen plantear la mayoría de tales trabajos —«Sí, pero ¿cómo es esa persona en realidad?»— y describir todo el entorno social al que pertenece el sujeto. Y, mientras sea posible, dar a la entrevista la forma de un relato.” (pág. 133). Una muestra patente es la entrevista-retrato-perfil de Barbara L. Goldsmith, La dolce Viva (pág 133 a 145), donde se enfoca desde otra perspectiva al personaje de Viva, yendo más allá de la simple descripción habitual en las revistas contemporáneas a la publicación, en 1968. Al comienzo incluye una presentación directa de la estrella, dibujándola mediante pinceladas de su prosopografía, reconstruyendo una imagen a través de los rasgos físicos: “Viva se apoyaba en la blanca pared encalada, mientras su ensortijado cabello rubio refulgía bajo los focos. Su cara angulosa y su delgado cuerpo hacían pensar en las viejas fotografías sepia, halladas en el arcón de una buhardilla, de las actrices de los primeros años treinta. Llevaba una chaqueta edwardiana de terciopelo, una blusa blanca acolchada y afilados pantalones negros.” (pág. 134).

Es una pena que en lengua hispánica la nueva corriente pase de puntillas. Las obras que más se han acercado -aunque sin tocarlo- han sido Operación masacre, de Rodolfo Walsh, y Noticias de un secuestro, de Gabriel García Márquez. La primera de ellas, editada en 1957 (mucho antes de que la idea cuajara en Estados Unidos), relata el absurdo fusilamiento, plagado de irregularidades, de ciudadanos argentinos erróneamente identificados como opositores a la dictadura. El segundo, obra magistral de una pluma ungida por el premio Nóbel, rinde cuenta de una serie de secuestros llevados a cabo por la guerrilla colombiana, contando con la facilidad que tiene una celebridad de la talla de Gabo para acceder a las fuentes.

Han pasado ya más de 30 años desde la primera edición de El Nuevo Periodismo. Barbara Goldsmith hoy día encontró refugio en la filantropía. Robert Christgau, por su parte, se construyó un nombre como crítico de su gran pasión: la música. En cambio, el incorregible de Tom sigue con su maldita costumbre de meter el dedo en la llaga de la sociedad americana con novelas (ups, perdón por la palabra, Mr. Wolfe) como Soy Charlotte Simmons (2005) o Retorno a la sangre (lanzamiento previsto para este año). Enfundado dentro de su traje blanco y cada vez más parecido a su admirado Emile Zola (“uno de los tipos más burgueses imaginables -vestía impecablemente-, pero capaz de meterse en la parte más sórdida de la sociedad y conocerla a fondo”), alza su bastón para continuar anunciando proféticamente (como desde hace tres décadas): “la literatura está en un estado de profunda decadencia porque los novelistas no salen de sus propias obsesiones personales al momento de escribir”. Los años no lo han reconducido. Continúa, como siempre, dispuesto a llevar la contraria, aunque para ello deba votar al mismísimo George Bush

Anuncios

El nuevo periodismo – Estado de la cuestión

Ya han pasado más de cuatro décadas desde que Truman Capote tejiera A sangre fría y el nuevo periodismo sigue siendo nuevo, virgen en España. Más de 40 años y la onda expansiva del fenómeno anglosajón todavía no llega.

¿Por qué no? Lo cierto es que plumas afiladas y escritores-periodistas — y periodistas-escritores—, que cruzan la frontera existen, y de los buenos. No obstante, aún sigue sin asomarse un Tom Wolfe y sin aparecer un artículo de referencia como Frank Sinatra Has a Cold.

En las jornadas de Periodisme Cultural i Humanitats, celebradas en la UAB, se rememoró con nostalgia la figura del periodista-francotirador y se clamó por su vuelta. También se pudo evidenciar, en un atractivo debate, que los cuestionamientos a los que sometieron a Capote en su momento todavía dan vueltas. Los tres invitados de la mesa hablaron de mentiras, ficción, credibilidad, exactitud y realidad.

Mientras el escritor y periodista Gabi Martínez trataba de desmitificar y desenmascarar el aura del objetivismo que todavía se cierne sobre la profesión, Gerardo Marín, editor de Alfaguara, trataba de mantener las formas y cuidar una imagen purista de la prensa. El escritor Juan Gabriel Vázquez, alejado de la controversia, se limitaba a verter reflexiones de grandes plumas anglosajonas en las que apoyaba su discurso, pasando de ser un defensor acérrimo de la verdad, y de sostener que todo A sangre fría a ocurrido a rajatabla, a decir que “la historia es ficción”, parafraseando a Robespierre.

Gabi Martínez, decidido a romper de una vez por todas las insípidas convenciones, privilegia la “credibilidad por encima de la exactitud” de las historias, buscando ese “dos por ciento de mentira que convierte en verosímil al otro 98 por ciento de verdad”.

Gracias Gabi por sacarte la careta e intentar poner el pedestal a la altura del suelo.

El pensamiento negativo …un libro positivo

¿Qué puede llevar a un hombre con una destacada trayectoria laboral y un dilatado curriculum académico a convertirse voluntariamente en una caricatura mediática? ¿Un desafío? ¿Un escape al aburrimiento? ¿Tratar de averiguar por un momento que sentía Gregorio Samsa? Quien sabe. Risto Meijide, un creativo publicitario cuya mayor obra fue inventarse a sí mismo. O mejor dicho, a la cara que conocemos y que tan bien sabe explotar.

El pensamiento negativo - Risto MejideEl pensamiento negativo, su único libro, no se aparta de su transitada línea nefasta. Este Van Gaal del espectáculo juega en todo momento con tratar de dar a entender de que no existe un lado B en su vida, que sus dos caras son en realidad una sola: la del impasible rector que pretende sembrar pavor entre los alumnos de la academia de Operación Triunfo. Escudado bajo la premisa de que en el mundo real las cosas están muy dificiles, dispara munición pesada contra embriones de artistas que, muchas veces, superan en calidad a los de verdad (aunque sí es cierto, Risto, que otras tantas no…).

Si logra plasmar en el libro la ocurrencia, desfachatez y originalidad de sus intervenciones televisivas, estamos ante una obra que merece ser leída, pero sin exagerar: no sería más que un inofensivo placebo cómico. Aunque se agradece que rompa el molde. Ya está bien de tanto libro ñoño de autoayuda.

Mala vida, ¿buenas personas?

La delgada línea que separa la legalidad de la justicia, la simpatía (mayor que la adversión) que despiertan ciertos delincuentes y algunos consejos que, debido a su alto grado de poca convensionalidad, no se encuentran en los manuales de periodismo. Estas tres cosas, y un vídeo en el que cuatro reos sueltan sus conciencias y reflexionan en voz alta, fueron los temas tocados en la presentación del libro Mala Vida, de Carles Quilez.

El acto, de dos horas, giró en torno al pragmatismo de Carles Quilez, periodista de la SER, y a las aportaciones del fiscal José María Mena. El auditorio, conformado por unos 150 estudiantes de periodismo, dio pie a que tanto el autor de la obra como el prologuista reflexionacen sobre la actualidad de la profesión y su relación con el mundo judicial. Ambiente que Quilez desenmascaró y que Mena, quizás por no contradecir o recatado por su envestidura, permanecía en silencio. El reportero radial acusó la “corresponsabilidad” de la sociedad de la ciudadanía en la formación de criminales, ya que “la sociedad, muchas veces, es la que corrompe”. El motor delictivo, el impulsor del accionar habitualmente “es la droga, y otro que tiene tanta fuerza como ella: el hambre, que es otro tipo de droga, actúa de la misma manera”.

Lo más jugoso, sin embargo, fue un vídeo realizado en la recogida de testimonios para la elaboración del libro. En él se pudía ver como personas con prontuarios dilatados desnudaban sus facetas más humanas, enseñaban sus sentimientos paternos-familiares hasta el límite de la lágrima, aunque sin perder el profesionalismo propio de atracadores renombrados.